Textos





 Los dedos de Tomás se posan groseros sobre la pierna impúber del niño, acotado entre sus bracillos de camisa a cuadros. Tomás palpa y, a la vez, clava sus ojos en el libro que sostiene su sobrino.
En ese mismo instante, a trescientos kilómetros de distancia, Abdón penetra en la tienda de libros antiguos, huyendo del sofoco predador de un Madrid vacío y estival. Un aroma marchito a estantes de madera vieja y polvo acumulado le dan la bienvenida y una lámpara de plástico rosáceo ondea tristemente en el techo de color lapislázuli. En el suelo la alfombra se destiñe sin ayuda de nadie.
Sobre la mesa del comedor, Tomás mantiene abierto el libro de latín y el muchacho, a su lado, recita estoico: rosa, rosa, rosam, rosae, rosae, rosa…y Tomás asiente y empuja sus gafas hasta el entrecejo y mira hacia el muchacho y tose.
Desde su altura soberana, Abdón ejecuta una visión cenital sobre el establecimiento para localizar los libros que puedan interesarle aunque sabe con certeza que acabará encontrando algo que realmente le interese. Reconoce al fondo del local los pergaminos enfilados en los estantes superiores y se dirige a ellos con paso marcial.
Tomás flautea su voz hacia el muchacho: ahora en plural, y el muchacho aprieta los puños contra sus sienes y eleva los hombros: rosas, rosarum… En el patio, dos mirlos corretean de tronco en tronco y el haz luminoso del sol culebrea por la habitación.
Abdón deambula, manos asidas a la espalda, mentón elevado, buscando alguna joya barata, una ganga invisible entre aquellos españoles pergaminos que ocultan sus frontispicios a miradas inquietas.
La pierna del muchacho tabletea, martillea el suelo de terrazo y los mirlos se alejan tras el seto, como avisados de repente. Tomás se humedece la yema del pulgar y hace pasar la página del libro con los dedos de la mano derecha mientras los de la izquierda se mantienen aposentados en el cálido regazo del estudiante.
Allí en la librería, en el estante de libros del seiscientos, Abdón repasa los títulos manuscritos en los lomos con curvadas letras negras. Los encuadernados en piel se aprietan tibios unos con otros, como en una huida imposible. Tomás dicta: Galia est omnis divisa in partes tres.
Abdón se detiene frente a un estante acristalado en el que el librero guarda algunos ejemplares valiosos y codiciados. Al descifrar los títulos de los lomos amarillentos, siente el galopar de las palpitaciones en su pecho. Puede que en esa urna se halle algún tesoro sumergido entre cristales. Un pequeño libro, en octavo, llama su atención por encima de los demás. El ejemplar está encuadernado en un torpe papel moderno, a la manera rústica, pero los datos del libro aparecen detallados en una tarjeta, justo a su lado:
DE ARTE DICENDI.FRANCISCUM SANCTIUM BROCEFEM. SALMANTICAE. MDLVI
Abdón percibe que su corazón se dispara y apenas puede mantenerse en pie. No se puede creer aún que haya encontrado una primera edición de El Brocense, allí mismo, frente a su cara.
El muchacho escribe las frases con el lápiz temblante y el rasgar sobre la libreta es un susurro continuo, suplicante, sumiso.
Abdón se dirige al fondo de la librería y le pide al dueño que le muestre el libro recién descubierto.
Tomás ladea levemente la cabeza y repasa lo que escribe el estudiante y se percata también de los pantaloncillos cortos y de los leves muslos, delgadillos, blancuzcos, que chocan entre sí en un bailoteo pomposo e intermitente, mientras ordena: Tradúcelo.
El dueño de la tienda, incólume y serio, introduce la llave en la cerradura minúscula y abre la puerta acristalada que protege los valiosos volúmenes. Abdón titila. El librero le facilita a Abdón unos guantes de algodón y éste se los coloca con cierta torpeza.
El muchacho aprieta la punta del carbón sobre el papel y Tomás gira el cuello para descubrir la espalda del estudiante y, más abajo, el hueco de su pantalón, que deja adivinar el inicio de sus glúteos convexos, arábigos.
Abdón palpa aquel libro minúsculo y abre la desgastada página que hace las veces de tapa, para apreciar el año de edición y el estado general del ejemplar. Seguidamente, abre el libro hasta que las dos mitades forman un ángulo de noventa grados, para así no dañar la arcaica encuadernación. Finalmente, lo huele con delicadeza y mira al librero, que apenas muestra emoción en su rostro.
Tomás siente la presión sanguínea bajo sus prendas y el muchacho procura escribir con rapidez, atropelladamente.
Abdón pregunta el precio con tono de interés escaso, como sin saber.
Tomás, lento y decidido, hace enterrar sus manos gélidas en el hueco posterior que se abre entre el pantalón y la carne, mientras el muchacho aprieta el lápiz hasta clavarlo en la hoja, que cruje en una queja.
—El Brocense — murmura Abdón para sí mientras abona en veintidós billetes el total al viejo librero con cara de perdiz.
Tomás se palpa con mesura y el muchacho es una estatua que delgadamente tirita, pensando en su padre que se ha ido de viaje. Tomás cierra los ojos imaginando los pezones lisos y sonrosados del muchacho y acaricia mudo y respira hondo, seguido, mientras su hermano Abdón sonríe extasiado, tiritando de entusiasmo, esplendente ante el hallazgo que ya le pertenece, sencillamente satisfecho y feliz, a trescientos treinta y cuatro kilómetros de su casa.


Manual de pérdidas

Javier Sachez














Aún conservo en mi neurona
el dulzor pasmoso de las velas
los cuadros vueltos
las ventanas en ocaso
la hoguera esplendente
el tufo del sudor de las ancianas
llorosas y discretas.
Todavía paladeo
el lánguido pésame labriego
las sílabas anémicas
de hombres sin rostro
el seboso consuelo colectivo

ante el cadáver alcalino de mi padre.

De "Post mortem". Premio de poesía Villa de Aranda. 2016.













Job aterido


Ensartado por el tiempo
que la tribu dibuja en la piel de la caverna
me refugio del otro,
emigrando de su rumbo y su sentencia.


Todo me circunda.
Piedra y humo.
Vendaval y harapo.
Sentado me veo
y adornado con los viejos vestigios de la grey.


Araño mi cuerpo con la teja
que tú me prometiste
y soplo mis heridas con tu aliento
como job aterido.


De Job aterido, Javier Sachez
Premio Seleer de poesía. 2012 
Editorial Seleer. 2012
ISBN: 978-84-15615-84-2








  
El engendrador

No bienaventuradas las niñas menores de trece años.
No bienaventurada Inti González en la mañana del trece de mayo, cuando caminaba de regreso al hogar, tras las clases recibidas en casa de don Zósimo, para reencontrarse con madre joven y despierta aún, sobre el sofá.
No bienaventurada Inti por cruzar la calle principal, resplandecida de farola municipal, y adentrarse sin embargo por callejuela en forma de meandro, ayuna de luz, rica en puertas falsas, aliviadero de los que han de descargar el peso adquirido en la tasca de Andrés, dormitorio de perros que aún no han sido descoyuntados según providencialismo al uso.
No bienaventurada Inti por hallar en el acerado a Tomasillo rudo, orinando en la pared exterior de la tasca, beodo y apurado de carnes, confundido bajo la noche inmensa y callada, mientras en las cristaleras del bar se adivinan cráneos y risotadas.
No bienaventurada Inti González en su timbre de voz, que tenga usted buenas noches, señor.
No bienaventurada Inti González en su prisión repentina de brazos ferruginosos y aliento de metralla vívida, que hacía bailotear su flequillo azabache.
No bienaventurada en su traslado a corralón sucio y tapizado de heces caninas, sin previa invitación oral.
No bienaventurada en el desmantelar atropellado de sus ropitas de lana. No bienaventurada en el soportar un peso de noventa y dos kilogramos de hombre sobre un cuerpo con peso neto de veintisiete kilogramos. Por favor señor, por favor, por favor señor, por favor señor, por favor señor.
No bienaventurados sus muslos fabricados de antiguo adobe cuando fueron arquitectónicamente desplazados, planificadamente sujetos, finalmente separados por gruesas manos pringosas de ládano.
No bienaventurados los brazos finos que se prodigan como los brotes de una higuera indecisa, palmeando, apartando sebosos brazos e infortunio cierto.
No bienaventurados los glúteos mínimos de la muchacha, como dos manzanitas limpias de piel, apretados en firme por manos en número de dos que asemejan tenazas recién extraídas de hoguera esplendente.
No bienaventurada su boca de finos labios andinos, taponada con gorra multicolor de poseedor presente y que exhala un tufo a garito cerrado, a pútrida hortaliza y a meado de perro.
No bienaventurada la tez de la niña frente al rostro del hombre abordador y masticador de la lengua propia.
No bienaventurados los veintisiete minutos del empeño ni las gotas de sudor del hombre, que caen sobre el abdomen de la niña como un bautizo impío. No bienaventurados los hipidos sordos de la muchacha. No bienaventurados los empujes rítmicos que acomete Tomasillo, con los ojos afilados de eslizón desprovisto. No bienaventurado dolor localizado y cortante. No bienaventurado el lastimero intercambio de fluidos, de ningún modo solicitados.
No bienaventurado el delgado cuello, aprisionado por dedos gruesos y rígidos, que palpita en su escasez de oxígeno hasta que los piececitos golpetean el suelo en un despedirse último.
No bienaventurado aire nocturno, preñado del olor del hombre y de las risas salpicantes del hombre aleve que se marcha, tarambana, hacia la zona iluminada por bombilla anexa.
No bienaventurada la pared lejana y recibidora de escupitajo de despecho y culminación, por parte de Tomasillo, ambulante y sin gorra, camino de la tasca, mientras masculla entre dientes.
No bienaventuradas las que duermen y no han de despertar ni por el alba, ni por el chillido neurópata del gallo, ni por el golpe de las contraventanas, ni por el llanto de los críalos.
No bienaventurada Inti, húmeda y derramada, como una retama olorosa y recién pisoteada en aquel corralón, del que no brotará fresca fuente ni manantial alguno.
No bienaventurada Inti.
 De  “El engendrador”. Javier Sachez
Premio de novela CERSA-Universidad de León
Editorial CERSA. 2009.
ISBN. 978-84-92539-44-4




 





Tratado geográfico sobre la aversión

A finales de septiembre, cuando la sombra de las cárcavas refresca la tarde amarilla de álamo, una niebla hueca, decidida, baja de las sierras sin ningún propósito y se introduce serpenteante entre los castaños, para acabar cubriendo los helechos y las retamas completamente. El sol se va asustando poco a poco y lo que fue neblina tenue en primer tiempo se torna después densa, compacta niebla, como si todo el valle, con sus sierras del rededor, fuese una inconmensurable habitación cerrada. La vista no alcanza una distancia mayor de dos o tres alcornoques y aletea entonces una sensación de tierna aprensión.
Cuando ocurre todo eso, los milanos reales y los ratoneros no se atreven a surcar los espacios dominados por el helechal y, muchísimo menos, a escudriñar los bosques de  loreras, pues son conocedores, desde siempre, del olor a difunto que desprende aquella tierra humedecida y preñada de semillas.
Entonces, algunas veces, los robles melojos asemejan mamíferos rumiantes que están solos y que miran al camino desde la lejanía con sus goteantes cuernas de palo. El musgo logra vestir los troncos de esos árboles casi por completo como si se tratase de una piel roma y ceñida que no se desprende jamás. Hay hombres  y mujeres valientes en el pueblo que guardan un respeto infinito a los caminos en tiempos de neblina por esa misma razón ya que piensan que los árboles son cérvidos insomnes, ávidos por inseminar a todo ser vivo.
Las vecinas más avispadas de Berzocana dicen que, en ocasiones, se echan a faltar árboles de un día para otro porque han cobrado vida gracias a la humedad perfumada a enebro que trae la niebla desde las cárcavas de las Villuercas. Según cuentan las vecinas, esos robles rumiantes abandonan su cárcel de raíz, bajan a beber al río Viejas cuando el aire es tibio y se aparean entonces con los ciervos montaraces, engendrando crías que nacen con los ojos del color de los niños huérfanos. Eso ocurre en toda la comarca de las Villuercas a finales de todos los septiembres, desde el principio de la vida. 

De   “Tratado geográfico sobre la aversión”. Javier Sachez
Premio de novela Villanueva del Pardillo
Editorial VERBUM. 2006
ISBN. 84-7962-366-7




 

La muerte de Luxemburgo

Al llegar a uno de los puentes que cruza cansino el canal de Landwehr, detuvieron el coche cerca de una farola que iluminaba triste e intermitente las aguas, agarraron con desdén el cadáver envuelto en la sucia manta y lo lanzaron con todas sus fuerzas a las aguas del canal que bajaban revueltas y hambrientas. Sólo se percibía el nervioso chisporroteo de las farolas como si fuesen insectos asustados chocando contra el hierro. Los tres sudorosos guardias se quedaron en el puente durante un instante, como temiendo que pasara algo no previsto, pero el cuerpo cárdeno de  Rozalia se fue hundiendo lentamente entre pequeños remolinos y en la superficie sólo quedó flotando la manta que había sido utilizada de envoltorio completamente extendida, en la que aparecían, estampadas, azules imágenes de delfines.
Lánguidamente comenzó a clarear en aquel paisaje de niebla helada y luces perezosas y la luz tibia de la mañana fue reflejando las aguas y coloreando el puente, metálico y oxidado.
Todas las farolas de la calle, enhiestas y temblonas como mástiles en la tempestad, ya se habían apagado casi al unísono y un vientecillo infantil y enojado hizo vibrar por un momento las tiernas ramas de los abedules.

De  “La muerte de Luxemburgo”.  Javier Sachez
Editorial Casa Eolo. 2012
ISBN. 978-84-15178-83-5






Árboles de carne
 Cae un sol de invierno que no asusta pero que acalora los cuerpos íntimos de los campesinos y los arados de hierro y palo que adornan las tierras de labor y los establos. Desde los barbechos emerge un perfume delgado a tierra mojada, que se mezcla con el olor de la leche caliente, recién arrebatada a las ubres madres. Una bandada de avefrías planea elegante hacia los humedales. El campanario de la Iglesia es una alarma alta que apalea la tarde con su trajín metálico para que no descansen los cernícalos bajo las tejas y para que todo el municipio sepa que se ha muerto alguien en el pueblo. Las campanadas, como golpes dados en un yunque lejano, despiertan a Horacio en su mar de incertidumbres, en sus pensamientos atrancados, sentado en el pasillo de la casa materna. Llegan los tañidos del campanario sin gracia alguna para comunicar a todo ser viviente la muerte de su hermano.
Horacio permanece inmóvil y triste como la propia sierra pero ante las visitas del vecindario mantiene el mentón alargado y el rostro prognato, pese a la desdicha que le provocan el velatorio y el hedor redondo del  mediodía. Ha muerto su hermano y siente el hombre un peso insufrible sobre los hombros que le obliga a permanecer encorvado, con los ojos entreabiertos. El sol pequeño de la tarde se filtra fieramente por los rotos de las persianas y en el aire se mezclan el olor del paño sudado durante semanas y el tufo que llega del hediondo aliviadero del patio.
El viejo Ernesto arrastra la silla hasta la pared de la sala, se limpia los mocos con el puño de la camisa de tela y mira a través de la ventana para observar el trozo de huerto, perdido tras el olivar y desabrido. El aire cambia de rumbo repentinamente y trae el sabor de los jaguarzos adolescentes mientras los eucaliptos chirrían allá a lo lejos, metálicamente, como niños de manicomio.
Se siente Horacio un poco extraño en aquel velatorio del que fue su hermano y que está allí mismo, amortajado, seco y tostado como una larva muerta. Lloriquea el bueno de Ernesto sentado junto a Horacio y las comadres y las vecinas lo consuelan con gestos mudos y miradas gatunas. Ernesto tiembla y vierte lágrimas finas sobre el mantel de la mesa y suelta hipidos tenues al aire cargado de la habitación.
_ Ya se lo llevó Dios. Ya descansó. Ya dejó este valle de lágrimas para siempre.
Ya se lo llevó Dios, ya lo recogió en su seno para siempre jamás, como recoge a los toscos hombres cadáveres de entre el barbecho, como recoge a los perros que se mueren porque sí, como recoge a los huérfanos abandonados en los pozos secos, como recoge las semillas limpias y enterradas dentro de las manzanas podridas y las esconde después bajo la tierra madre para que nazca mañana un manzano áspero con que nutrir a los petirrojos o a las cogutas pardas, y como recoge a los tallos moribundos y a todo ser viviente que quiso alguna vez perpetuarse.
Ya empieza a oscurecer desde el ventanuco y las siluetas de los álamos temblones comienzan a zaherir aquel horizonte sucio, acartonado y distante. Las mujeres siguen allí, lloriqueando, susurrando palabras que se han repetido en los velatorios de los últimos quinientos años, y que continuarán nombrándose mientras prosiga el derrame, el pretérito irse sin tregua, el viaje y la ceremonia encalada de la adoración a la muerte. Algunas moscas vespertinas avivan la luz de las velas y se posan ahora en el camastro del muerto, ahora en el cabello pardo de Horacio que calla y que muestra una tez tristona y unos labios finos, incoloros. Luis mantiene los ojos entreabiertos y comenta en voz baja: “moscas de diciembre”.
 De "Árboles de carne".  Javier Sachez
Premio de creación literaria La SERENA. 2010
ISBN. 978-84-95635-13-6


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